viernes, 15 de diciembre de 2017

Nicolas (Colau) Constantini Sau El Genoves

 Nicolas (Colau) Constantini Sau
El Genoves
El día 12 de Julio de 2013 se cumplieron 140 años de uno de los episodios más pintorescos de la historia de nuestras Españas: la revolución de 1873, durante la primera república que fue una consecuencia de la inestabilidad, el paro, y sobre todo la incapacidad de los poderes públicos para solucionar una situación que al final fue explosiva.
Increíblemente, varias partes de España se “independizaron” y se convirtieron en estados. El 30 de Junio el Ayuntamiento sevillano acuerda constituirse en República Social. Así mismo Alcoy sigue la misma línea. Otros muchos lugares de España: Valencia, Andalucía, Murcia...Hubo casos tan estramboticos como declaraciones de guerra entre pueblos vecinos. De todos ellos, el más renombrado y el que más nos afecta a los calpinos, por la importantísima participación de Colau, es la sublevación de Cartagena. Los sublevados intentaron sin éxito la expansión de su territorio hacia el interior con incursiones por Hellín, Orihuela y Lorca, y utilizaron la Armada como instrumento de intimidación para financiar el mantenimiento del cantón a costa de los impuestos de las ciudades costeras de Alicante, Torrevieja, Águilas, Mazarrón, Vera y Almería. La Junta Revolucionaria creó el periódico El Cantón Murciano, para la difusión de sus ideas y noticias, y emitió el duro cantonal como moneda propia, aprovechando la riqueza mineral de la región. La independencia del cantón de Cartagena se vio amenazada con el inicio del asedio del general Martínez Campos a la ciudad en el mes de agosto de 1873.
Por parte del gobierno cantonal se pide a los Estados Unidos de America el formar parte de estos y se pide ayuda frente al poder central. A pesar de que por parte de los Estados Unidos se estudia la propuesta, esta es  finalmente desestimada. En este momento, Cartagena no forma parte de España, es un país independiente, comienza la fabricación de moneda.
 
Uno de los más destacados protagonistas en la revolución del cantón de Cartagena fue Nicolas (Colau) Constantini Sau. Colau nace en Calp en 1826. Hijo de Bautista Constantini y de Josefa Sau, es el mayor de cinco hermanos; Josefa, Mª Concepción, Francisco y Jaime. Casado con Juana Mª Sanchez fue padre de una numerosa prole de siete hijos. Los padres de Colau, mueren en Calp en Septiembre de 1859 y Enero de 1860, respectivamente.
Veamos lo que nos cuenta el maestro Benito Perez Galdos en su obra Los Episodios Nacionales. Aunque Galdos confunde el nombre de Nicolas por el de Alberto.
 
Al consignar que a bordo de las naves cantonales iba lo más granado y florido del personal revolucionario, debo decir y digo que el único hombre de mar y de guerra marítima que a mi parecer merecía ser recordado en la Historia era un tal Alberto Colau, contrabandista, hijo de Alicante y tan familiarizado con las aguas mediterráneas y con los peligros del navegar y del combatir, que entre toda la gente llegada de diversas partes a la República Cartagenera no se pudiera encontrar quien le igualase. Le conocí el mismo día 15, a poco de saltar en tierra, y quedé maravillado de su espléndida y arrogante facha. No era menester ciertamente el auxilio de la fantasía para ver en aquel hombre la resurrección del tipo del corsario que en los tiempos de la piratería heroica llenó los anales del mar Interno.
Descollaba Colau entre la muchedumbre por su robusta complexión y lucida estatura, por su curtido rostro y el mirar flamígero de sus ojos negros. Como el azabache eran también sus cabellos crespos, sus cejas pobladas y el bigotazo que perpetuaba la tradición de la moda turquesca. Coronaba su cráneo con el fez rojo, complemento, en cierto modo histórico, de la figura de aquel Barbarroja redivivo. Andando los días se vio un gorro colorado en el puente de la Numancia, de donde vino el atribuir a Contreras el uso de tal prenda. No; el fez no era de Contreras, sino de Colau, y éste, a juicio de un historiador psicólogo, la figura más saliente, pintoresca y castiza del Cantón Cartaginés.
La bravura pirática del arrogante aventurero se llama hoy contrabando, que viene a ser lo mismo con diferencias de tiempo y lugares. En sus faluchos de vela, Colau desafiaba las olas y la persecución de las escampavías del Resguardo. Cuando la astucia no le bastaba y era preciso emplear la violencia, no vacilaba en derramar sangre. Empezadas sus correrías en Gibraltar, se trasladó luego a Orán, donde obtuvo provecho mayor y campo de operaciones más extenso. De la costa argelina nos traía tabaco, licores, telas, quincalla y otras mercancías vigiladas por nuestros aduaneros. A los vistas de acá, unas veces les cerraba los ojos, y otras les rompía la cabeza. Con este ten con ten y un ardor infatigable, hizo Colau en poco tiempo una fortunita y vivía en Orán como un bajá, con su mujer y sus hijos, bien quisto de los franceses y de la colonia española. De él se contaba que nunca se le acercó un necesitado sin que al punto le socorriese, y en la misma Cartagena era el amparador de todas las personas o familias que, perseguidas por el Centralismo, se habían refugiado en la Plaza.
Con la fiereza del continente y rostro de Colau contrastaba la blandura de su trato en la vida social. Era cariñosísimo y a veces hasta pueril. Al estallar la revolución cartagenera se presentó en la Plaza ofreciendo sus servicios a la Junta Revolucionaria, que los aceptó en el acto dándole el mando de la fragata Tetuán, la cual manejó y gobernó desde el primer momento con la misma destreza que solía desplegar en el gobierno y mando de sus faluchos... Pasé una tarde con él y otros amigos en el café de la Marina, charlando de aventuras guerreras en el mar y en la costa. Colau nos refirió terribles episodios de su lucha contra las olas embravecidas en los duros Levantes, que mil veces le pusieron a dos dedos de caer en los profundos abismos. Nos contó también alijos que por su descomunal audacia parecían fabulosos, y peripecias trágicas de sus encontronazos con los aduaneros y demás patulea del Fisco.
A la gentil cortesía de Cárceles debimos aquella tarde el obsequio de jerez y pastelillos, y en la alegría del beber y del charlar suplicamos al contrabandista nos dijese el porqué ostentaba en el ojal de su chaqueta el botoncito rojo de la Legión de Honor. Con modestia ruda evadió Colau la respuesta, queriendo llevar a otros asuntos el vago coloquio. Pero Manolo Cárceles, tan indiscreto en aquel caso como amante de la verdad, nos refirió el hecho heroico que había motivado aquella distinción, empezando por decir que Francia no concede nunca tales honores más que al mérito indudable.
Horroroso temporal de Levante descargó una tarde sobre Orán, con furibundas rachas de viento y olas como montañas, que en pocos minutos destrozaron la escollera del nuevo puerto en construcción. En lo más duro de la borrasca presentose a la vista un trasatlántico francés, que traía de Marsella pasajeros de diferentes clases sociales, y entre ellos gran número de mujeres y niños... Muy apurado venía el barco por los accidentes de una tormentosa travesía, y al querer tomar puerto se le vio a punto de zozobrar, estrellándose contra las peñas o los bloques de la escollera destruida donde reventaban las olas. En el muelle estaba casi todo el vecindario de Orán, con ansiedad y espanto, pues muchas familias tenían seres queridos entre los pasajeros del vapor. Nadie osaba intentar el salvamento, que era poco menos que imposible en condiciones tan aterradoras.
De pronto apareció entre la multitud un hombre... Este hombre era Alberto Colau... que con fuerte y altanera voz dijo así: «¡Cobardes! Si no hay quien me siga yo iré solo a salvar los que pueda. Si alguno me acompaña, mejor». Cuatro o seis marineros se adelantaron, dispuestos a secundar al español en su hazaña. Metiéronse todos en una lancha grande, con vela y remos, y desafiaron impávidos el oleaje furioso. Al cabo de algunos ratos de indecible angustia realizó Colau el primer salvamento. En la segunda tentativa, que fue la más emocionante, se veía desde el muelle la lancha de Colau, a veces balanceándose en la cresta de una ola formidable, a veces precipitándose en la hondonada líquida... Por momentos desapareció...
Creyeron los angustiados espectadores que no volvería; pero volvió, ¡hurra!, trayendo unas señoras lívidas y unos niños llorosos, mojados todos hasta los huesos... Los marineros bogaban con sereno coraje; Colau, en pie, las melenas al aire, llevaba el timón, empuñando la caña con tal fuerza que no le superara el propio Neptuno... El tercer viaje fue más benigno. Las mismas olas parecían inclinarse respetuosas ante la intrepidez de aquellos hombres. Cuando terminó el salvamento y pisaron tierra todos los náufragos del vapor, se produjo una indescriptible escena sentimental: abrazos, besos, exclamaciones, llantos de alegría. Alberto Colau, desentendiéndose de las manifestaciones de cariño y gratitud, tomó con sereno continente el camino de su casa.
 
«Ahí le tenéis -dijo Cárceles al poner término a su relato-. Ahí tenéis al héroe, ostentando en su pecho la insignia de la Orden de Caballería más acreditada que existe en la Edad Moderna, recompensa de su esforzado ánimo y de su amor a la Humanidad».
Por este heroico salvamento , el gobierno francés le concedió a Colau la más alta distinción francesa: la Legión de Honor.
Caballero fui siempre y caballero soy -dijo Colau, contraviniendo discretamente su natural modestia-. La Orden del Contrabando pide arrojo temerario, paciencia en las adversidades, calma y tino cuando sean menester, liberalidad, sangre fría, prendas que entiendo yo son y han sido siempre la mejor gala y adorno del alma de los caballeros. Comenzada la insurrección, debía ya tener montado su centro comercial en Cartagena, ofrece sus servicios y le dan la fragata “Tetuán” para que opere. Su encuentro con el Almirante Lobo, 11 de octubre de 1873, rayo en estruendo. Aquella misma noche se le entrega toda la escuadra, que sale el 13 y obliga a la Armada enemiga refugiarse en el Peñón.
Un saboteador incendia la nave en que va y él, puro marino, abandona el puente el último. Capitán mercante, sabía lo que es una flota. Lucía la Legión de Honor por heroicos salvamentos franceses a lo largo de su carrera.
Parece que su patronímico es Nicolás Constantini, alias “Colau”. Así aparecía en las nominas de Cartagena entre los que obtenían votos de confianza para regir el Cantón, las Juntas, etc.
Narrase que el padre cantonal recomendó a su hijo -no cantonalista- que estudiase Marina Mercante, Medicina y Derecho. Y así fue. La familia Colau guarda un retrato del héroe con su condecoración francesa en la solapa y en pose de profesor de francés en cuyo magisterio acabo de vivir.
Es manifiesta la admiración que siente Benito Perez Galdos por la figura de nuestra paisano Colau el Genoves. No en vano fue uno de los héroes de la gesta cartagenera.
Nos sigue contando don Benito:
Fáltame decir, para redondear la personalidad de Colau, que en el trajín del contrabando también comerciaba. En aquellos tiempos era muy estimado en el Norte de África el aljófar, perlitas pequeñas y mal configuradas con que las moras adornan y recaman sus chaquetillas, sus fajas y babuchas. Como en España venía desmereciendo este artículo, multitud de tratantes en pedrería iban de pueblo en pueblo comprándolo para llevarlo a Marruecos y Argelia. A igual tráfico se dedicó Alberto Colau en Cartagena, extendiéndose no más que a Lorca, Totana y Murcia. Redondeaba su especulación trayendo de África zafiros y esmeraldas que en España tenían cotización muy alta.
Dicho esto, añadiré que aquella misma noche cenábamos Fructuoso Manrique, Cárceles, Alberto Colau y yo, en el propio café de la Marina, cuando vimos entrar fachendosa y arrogante a La Brava, que agarrando con desgaire una silla se plantó en nuestro corro junto a Colau, acometiéndole con esta viva requisitoria: «Eh, Alberto, cómprame ahora mismo este aljófar que te traigo. Dispensen los señores y sigan comiendo, que no vengo a cenar, sino a mi negocio». Diciéndolo sacó un envoltorio de papel de periódico en que guardaba un puñado de perlitas, y así prosiguió: «Las he recogido entre mis amigas. A ver cuánto me vas a dar, judío arrastrao. Yo quiero por ellas veintechus, o por lo menos una jara».
Dejó Colau el tenedor, y risueño, sopesando la mercancía, dijo a la moza: «Pero si esto no vale más de doscientos rumbelesa todo tirar. En fin, ya hablaremos. ¿Quieres cenar?». Rechazó La Brava con donosura el galante ofrecimiento, y todos reiteramos con alegre algazara la invitación: «¿Quieres huevas de jumol? ¿Una copa de jerez? ¿Dátiles de mar? ¿Un pastelillo de estos de crema que están tan ricos?».
-Bueno -exclamó Leona arrimando su silla en el hueco que le hicimos y cogiendo el primer plato vacío que encontró-. Venga alguna cosita. Pero déjenme que siga con mi negocio. Yo todo lo miro ya bajo el prisma de mi economía.
-Ya, ya sé por Dorita -dijo Fructuoso- que acumulas fondos para irte a Madrid y hacerte un buen cartel en la cocotería elegante.
-¡Calla, malange, tú qué sabes de eso! -replicó ella, atizándose una copa de Jerez-. Yo necesito cuartos porque me voy volviendo muy regalona. Díganle a este perro de Colau que tenga conciencia y me pague por el género lo que le pido.
-Yo te daría eso y más -repuso Alberto- si hicieras caso de mí. ¿Qué demonio vas tú a pintar en los Madriles? Allí no hay más que pobretería finchada y figurones políticos que no tienen ni un calé... Repito lo que te he dicho mil veces. Cuando acabe este jollín del Cantón en que estamos metidos, vente a Orán conmigo. Verás qué tierra, chica. Allí encontrarás la mar de franceses tontos y ricos. ¡Qué fácilmente los podías pescar, gitana, con el anzuelo de esa carita! Pues digo; si le caes en gracia a uno de aquellos morazos podridos de dinero, que se pirran por las españolas, ¡ay morena!, te cubres el riñón para toda la vida.
-No me hables a mí de tierras extranjeras -contestó La Brava-. Yo tiro siempre al españolismo... La Madre Patria necesita de todos sus hijos, como dice don Roque... y de todas sus hijas, digo yo.
La respuesta de Alberto Colau a estas sesudas consideraciones fue coger el papel donde estaba envuelto el aljófar, y sacar de su repleto bolso varias monedas de oro y una de plata, que entregó a la mozanca, añadiendo estas expresivas razones: «Pierdo dinero. Allá no pagan el adarme de aljófar más que a seis pesetas. Pero en fin, para que no chilles te doy la jara y un chus de propina». Continuó la conversación alegre. Mientras Leona devoraba pastelillos, jamón en dulce y otras frioleras, humedeciéndolas con Jerez, todos le dirigíamos chicoleos, anunciándole los grandes éxitos que había de obtener en Madrid. Ella nos atajó diciendo: «No hablen de eso, que el diablo las carga. Estoy perdida si mi marido se entera. Cándido no me deja vivir, me persigue, me acosa. Ese condenado parte del principio de que yo soy rica, y cuando me niego a darle dinero se pone fosco... Temo que el mejor día me mate como mató a mi madre... Si le da por seguirme a Madrid... No quiero pensarlo... ¡Sálveme la Virgen de la Caridad!».
En el tiempo que duro la contienda, a Colau se le asigno el mando de la fragata Tetuán y de la Numancia.
Al mando de la nave más poderosa de la marina española, Colau, desembarcó en Calp, en los días que puso sitio a la ciudad de Alicante.
Vicente Llopis en su obra Calpe nos cuenta: El día 18 de Octubre de 1873, a las diez y media de la mañana, las fragatas acorazadas Numancia, Méndez Núñez y Tetuán, al mando de los cantonales insurrectos General Contreras y ministro de Relaciones Exteriores de los cantonales sublevados y triunfantes en Cartagena, don Roque Barcia, llegaron a la bahía de Calpe después de los terribles bombardeos de Alicante: A las doce de la mañana se aproximó a la costa la Tetuán, con cuarenta cañones, enarbolando la bandera roja. Desembarcó treinta  hombres, a las ordenes del titulado almirante de la escuadra Nicolás Constantini (Nicolau el Chenovés), natural de Calpe (sus padres, de Génova), de Tomás Bertomeu (calpino), titulado general del Ejército de tierra, y otros jefes subalternos.
Al llegar los insurrectos a la población publicaron un Bando prohibiendo la recaudación de los arbitrios municipales. Dieron al público una proclama en contra del gobierno constitucional. Obligaron con violencia a embarcarse con ellos al teniente de alcalde don Francisco Pastor Tomás; a los empleados de la recaudación de arbitrios don Domingo Mengual Ortíz, don Francisco Sala Perles y don José Tomás Boronat; a los vecinos Jaime Ferrer Tomás, Luis Pastor Tomás, José Sendra y Francisco Morató. A las tres y media de la tarde embarcaron en la Tetuán, que en el acto se puso en movimiento, aunque permaneció a la vista de la población hasta las siete y media de la noche en que tomó rumbo hacia Levante, seguido de la Méndez Núñez y de la Numancia, escoltados los tres buques por cinco fragatas extranjeras.
El pueblo no perdió de vista esta escuadra hasta que dobló el cabo de Moraira a las ocho de la noche.
Tan pronto se dieron cuenta los calpinos embarcados en la Tetuán del engaño de que habían sido objeto, intentaron la huida. Unos se echaron al mar frente a Gandia y Cullera, y los restantes en el puerto de Valencia, y a nado salieron a la costa, dirigiéndose inmediatamente a Calpe.
Su última gesta fue sacar a la Numancia a través del bloqueo del puerto de Cartagena rumbo a Oran. La tarde del día 14 de Enero, zarpó la Numancia del puerto de Cartagena, último buque que portaría la bandera de los insurrectos. Al mando se encontraba Nicolás Constantini, llevando a bordo 1.646 personas. Los disparos de los buques Victoria, Zaragoza, Carmen y Almansa, no fueron suficientes para detener a Colau en su huida, respondiendo con toda su artillería y rompiendo el bloqueo. A pesar de la persecución de los buques centralistas no pudieron darle caza, debido a la mayor velocidad de la Numancia.  Esa misma noche llegó a las costas argelinas, siendo detenidos todos los dirigentes cantonales.
A principios de 1880, el diario El Constitucional publica la muerte de Colau a lo que el calpino, desde Argel (3 de Marzo de 1880) solicita la rectificación de la noticia.
Partida de defunción de Colau Constantini
Finalmente Nicolas (Colau) Constantini Sau muere en su casa de la plaza de Orleans en Oran (Argelia) el día 26 de Agosto de 1886. La familia al completo, se había afincado en esta ciudad, desde hacia bastantes años.
Andrés Ortolá Tomás

 



 

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