viernes, 15 de diciembre de 2017

LA VIDA EN EL CAMPO 1894-1895

LA VIDA EN EL CAMPO 1894-1895
NUEVAS FAMILIAS
 EVOLUCIÓN POR CABEZAS
 1793-1955
      El cuadro adjunto nos presenta la evolución de las familias calpinas en cuantos a número de cabezas por apellidos desde finales del Siglo XVIII hasta mediados del XX. Ilustra fielmente la progresiva incorporación de individuos beniseros y foráneos, dedicados principalmente a la agricultura, tras establecerse definitivamente en tierras de Calpe. Los datos demuestran la importancia de la inmigración benisera durante el siglo XIX, que instalada en los parajes que vamos a analizar, alejados de la villa, se ha constituido en el origen de las nuevas familias calpinas con mayor incremento de sus miembros hasta nuestros días. Las duras circunstancias del período de posguerra en nuestra población quedan plasmadas en la disminución de cabezas de las castas marineras, los Boronat, Roselló, Perles, Martí, etc, al contrario que los Ivars, Bordes, Bañuls, Sala, Crespo, Ferrer, Ausina, labradores independientes, cuya evolución calpina estudiamos a continuación.  
      Jaume Pastor Fluixá en su libro “Historia de Calp”, págs 408-410 recoge un interesante listado de la nómina de contribuyentes que habitaban fuera del casco urbano de la población. Dicho documento se elaboró en 1895 para repartir el pago del impuesto de consumos, ingreso municipal que liquidaban los vecinos en concepto de entrada y salida de productos en el término.
   Está nómina, que en sí es un listado de nombres y lugares, nos ofrece una valiosa información en la que hemos intentado profundizar para analizar y comprender mejor la configuración de los núcleos rurales de viviendas dispersas, con todos sus implicaciones físicas y humanas. Al cuerpo original del fondo aportado por Pastor Fluxá hemos añadido nuestras averiguaciones y comprobaciones para permitirnos conocer con mayor criterio la vida y entorno de estos grupos endogámicos; sus relaciones de vecindad, y en conclusión, la propia personalidad de estas pedanías, aunadas en pequeños caseríos, con sus centros neurálgicos destinados al trato social y al culto religioso.
   Buena prueba de este carácter independiente, generado a partir de la espontánea evolución de unos contadísimas familias dentro de un muy limitado espacio físico, es el hecho de que estas comunidades contaban con su propio alcalde pedáneo; interlocutor válido ante el consistorio para la reivindicación y defensa de los intereses de sus aldeas. En la mayoría de los casos, estos habitantes carecían de viviendas en la villa, y por ellos, sus vidas transcurrían sujetas a los lindes del terruño. El traslado al casco urbano se producía en los días de feria y mercado; en celebraciones especiales, o para cubrir necesidades que no se podían satisfacer en el breve entorno de sus parajes.  

   Al mismo tiempo, hemos incluido la nómina de vecinos de las viviendas dispersas elaborada treinta años antes con fines fiscales. Este documento, unido al de Pastor Fluixá, nos permitirá conocer el desarrollo de la vida rural en la segunda mitad del siglo XIX, época en la que los habitantes calpinos comienzan a vivir permanentemente en el campo al desaparecer el peligro pirático y los conflictos bélicos, hecho que supone la demolición paulatina de las murallas de la ciudadela.
   Hemos querido unir también al estudio de los núcleos rurales la partida de Canelles-Oltá, pues entendemos que, aunque localizada en término de Benisa, su exclusión impediría ilustrar propiamente los aspectos mencionados del poniente calpino.
    En el año 1895 Calpe contaba con una población de 2.250 habitantes, de los cuales 287 vivían permanentemente fuera de los límites de la villa, agrupados en 66 unidades familiares. El numero de casas de campo del término ascendía a 272. Estos datos señalan que apenas un 12% del vecindario total ocupaba el 25% de las viviendas rurales. Dichos porcentajes se incrementaban durante la época de verano, cuando muchas familias se trasladaban al campo para la recogida de cosechas, incentivados por el premio de los frutos y las mejores condiciones metereológicas.  

     El plano general que presentamos nos refleja tres núcleos de viviendas rurales principales. Los dos más significativos se centran al norte del término, Caserío de La Cometa y sus aldeas, y al oeste, las casas del Barranco Salado y la Mola. La distancia a pie de ambos a la villa es de unos 45 a 60 minutos, a lo largo de caminos carreteros en estado de deterioro permanente. La partida de Canelles queda a distancia equidistante con Benisa, pero ligada por lazos familiares a la pedanía del Salado. El caserío del Corralet pervive mucho más unido al propio devenir de la villa a causa de su mayor proximidad a ésta. Por otra parte, la mayoría de los labradores de la aldea cuentan con fincas urbanas en el casco de la población donde pernoctan, y se trasladan a los campos para su laboreo durante el día.
   Un factor muy importante para consolidar la existencia de estas pequeñas comunidades de hecho es el suministro suficiente de agua potable. El sistema de arreplegamiento de aguas pluviales en las edificaciones  resuelve el abastecimiento en la partida de la Cometa, con pozos y aljibes de grandes dimensiones. El paraje del Cosentari-Pioco a su vez cuenta con la fuente de magnífica agua de la Noria de Baydal, ya en término de Benisa pero muy próxima al deslinde con Calpe. El molino del Quisi, a muy pocos minutos del lugar también es utilizado para la molienda de productos agrícolas.  

     El caserío del Corralet se sitúa a pocos metros de las fuentes del mismo nombre y de Benicolada; la casa de Oltá de los “Pelats”, se beneficia de manantial propio.
   El núcleo del Barranco Salado, de terreno más agreste, se nutre de los nacimientos emergentes de las estribaciones de Oltá. La fuente de “Gargori”, la de la “Zorra”, la del “Fumaor”, la del “Teuler”, la de “Canelles”, entre otras, abastecen convenientemente a las familias.
   Por otra parte las mayores fincas calpinas, presididas por imponentes caserones de terratenientes beniseros y ocupadas a su vez por labradores del mismo origen, se constituyen como centros de labor donde acuden los jornaleros para trabajos temporales y los pastores a refugiar ganado a cambio de su preciado estiércol. Habitan estas masías familias numerosas que amoldan su apodo al nombre de la finca en donde viven. 
     La Ermita de Lleus, en la falda noroeste de Oltá, y la Ermita de la Cometa, adosada a la masía del mismo nombre, reunían a las estirpes campesinas en las celebraciones litúrgicas y las fiestas de la partida. Resulta casi inverosímil pensar hoy, contemplando la maleza que cubre los bancales y ruinas de esos lugares, que entre sus desniveles de terreno y las escasas callejas, los vecinos compartieran los juegos de pelota, los bailes y jotetas, y vivieran sus tradiciones año tras año, atrayendo  a gentes de los parajes vecinos. A la Mola venían de Lleus, de Pinos, de las Casas de Marnes, de Casas de Calito, de Bernia; a la Cometa, de Pedramala, Benimarco, San Jaime, y así con los festejos se festeaba, y los apellidos se acababan mezclando cuando no aparecían ya duplicados por muy cercanos lazos de sangre.
     Creemos que el estudio de estas alianzas familiares basadas en la relación de vecindad es de gran interés, y como fenómeno humano es clásico de las pequeñas comunidades que viven en entornos aislados. Veamos pues el desarrollo físico y  humano de los núcleos que estudiamos:
    El lugar de la Cometa, conocida con distintos nombres: Regaig, Cometa del Oró, o Cases de “Torrat”, tiene su centro neurálgico en el caserío del mismo nombre, a muy pocos metros de una pequeña ermita, eregida bajo la advocación de San Juan Bautista, que data de principios XVIII. Se encuentra adosada a una vivienda de campo que originariamente fue masía fortificada, propiedad de la familia Abargues. Una inscripción conservada en la actualidad sitúa su posible rehabilitación en 1747, unos treinta años después de la edificación del pequeño claustro.
      No podemos documentar, ante la ausencia de fondos, los datos concretos de los orígenes de la aldea, pero por la información que manejamos podemos intuir como se desarrolló. Sabemos que hacia 1670-1690 se instalaron en el paraje algunos miembros de la familia Tur, originarios de la villa de San Miguel de Balansat, Ibiza. Llegaron a nuestras tierras como repobladores tras la expulsión morisca, aunque, probablemente, su asentamiento en la Cometa se produjo tras haber residido en alguna población vecina. La primera edificación, que hemos catalogado como casa de “Toni Torrat”, cuenta con singularidades constructivas que explicaremos en la segunda parte de este libro. Sin lugar a dudas nos encontramos ante una vivienda que dataríamos de la época del asentamiento de estos repobladores, y que se constituyó como la célula inicial del caserío, junto a la Masía referida de la Cometa. Hacia la mitad del siglo XVIII se levantó la Masía conocida posteriormente de “Águeda”, y sucesivamente, adosadas a la casa de “Toni Torrat”, todas las demás viviendas que se iban incorporando según aumentaban los miembros de la familia.
     De mediados, finales del siglo XIX son las demás casas de campos dispersas, propiedad de los “Torrat”,  que terminan por ensanchar el núcleo, y consolidarlo como centro rural aislado de viviendas. Del mismo tiempo es el asentamiento de las nuevas familias beniseras en el paraje, los Bañuls “del Pí”, los Bertomeu “Pinar”, y ya en terrenos del Carrió, los Pastor “Pinos” y los Cabrera “Maset”. Las ramas posteriores de los Tur conocidos como “Salvadora”, deben partir de la misma familia de la Cometa, pero no hemos podido documentar el parentesco.
     La vida en la Masía de la Empedrola, coetánea a la de Águeda, siempre habitada por caseros beniseros, transcurría muy ligada al devenir del caserío, al igual que las casas del Aljub, Roca y Salamanca.  A finales del siglo XIX este pequeño entorno soportaba la existencia de un centenar de personas, unidas por  muy estrechos lazos de sangre, a las que se debía añadir el buen número de labradores y jornaleros que acudían diariamente a faenar los campos.
     Anexo a este núcleo se encontraba el caserío de Terrasala y las casas del Cosentari. A pesar de su proximidad los lazos humanos no son tan marcados. Los Sala cuentan con fincas rústicas y urbanas en la villa y término, y su vida familiar en el caserío es más independiente.
    El núcleo del poniente calpino lo constituyen las partidas del Collado, falda de Oltá, Barranco Salado y la benisera de Canelles.
   Las primeras edificaciones son de finales del siglo XVIII y principios del XIX, concretándose en un pequeño caserío localizado en un llano de las estribaciones de Oltá, y algunas pocas casas, la mayoría de ellas propiedad de hacendados beniseros.
    Su consolidación como pedanía se concreta a lo largo del siglo XIX,a partir de las nuevas edificaciones y ramas familiares que surgen de unas contadas estirpes.
   Como entidad de hábitat rural carecía de personalidad jurídica o independencia municipal, pero por su entramado aldeano, y solidaridades de tan pequeña población, su constitución de hecho se amparaba en un reconocimiento consistorial no oficial como entidad independiente, plasmado en la figura del alcalde pedáneo, quien era el interlocutor válido ante los asuntos concernientes de la comunidad en su representación, y a la postre árbitro y mediador de cualquier controversia surgida en la misma.
      El origen de las familias asentadas en los parajes es eminentemente benisero, originario de la villa o de las pedanías de Pinos o Bernia. El estudio de los enlaces matrimoniales que ofrecemos ilustran la evolución humana de esta microcomunidad.   
     Estudiaremos en profundidad los lazos humanos de la partida del Corralet en la segunda parte de este libro, en la que también ahondaremos en los grupos familiares aquí expresados, y que constituyen únicamente una parte representativa de todas estas estirpes rurales.
 
Del libro Calpe, Tierra y Almas de José Luis Luri y José Ant. Sala
(Junio 2002)

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